50 años del trágico accidente del «Califa Grande»

El automovilismo argentino, y la provincia de Córdoba, le rinden homenaje a un grande, Oscar Cabalén, figura emblemática de una época muy especial de los deportes mecánicos.

En ese universo de los autos de carrera, el «Turco» exhibió un fino talento, destreza en el pilotaje y valor frente al peligro. Cabalén era locuaz, expresivo, de sonrisa amplia. Un tipo simple y humilde, un grande en serio. No pasó inadvertido por la historia de este deporte, no solo fue por sus resultados deportivos, sino por su magnetismo. Siempre valoró el trabajo de los mecánicos, y el mérito de cada uno en sus equipos.
Cabalén nació el 4 de febrero de 1924 en Chabás, provincia de Santa Fe, a casi cien kilómetros de Rosario. Su vocación por los fierros se manifestó desde muy jóven, en una Argentina que veía florecer de manera grandiosa el deporte motor, gracias al impulso que significó la inmigración europea.
El «Califa» vivió un tiempo con su familia en Cañada de Gómez, antes de radicarse en Ballesteros. Se inició en las dos ruedas, con una Vincent, donde celebró su primer triunfo. En Bell Ville, debutó en el automovilismo con una inolvidable victoria.
Un accidente importante en el ´49 lo hizo dedicarse por completo a las cuatro ruedas. La Vuelta teceista a la docta, fue la carrera en la que se entreveró entre los grandes carreteros de la época.
En 1952 se presentó en México, con un Ford en la Carrera Panamericana donde terminó tercero con el mejor coche del óvalo clasificado.
En el ´54, volvió a la famosa competencia y la gente de Ford en aquel país lo recibió cálidamente, ganó dos etapas, fue el mejor clasificado de la marca, además de finalizar como el mejor argentino de la general.
En Europa, nos representó en las 1000 Millas italianas; también, en las 10 horas de Messina, donde fue segundo. Administró autos de las mejores marcas, Alfa Romeo, Ferrari y Maserati en el Viejo Mundo.
De regreso al país, se sentó al volante de un Chevrolet 39. Tuvo una actuación sobresaliente en el Gran Premio del 58, el desafío que recorría miles de kilómetros por caminos y senderos polvorientos, uniendo puebos y ciudades, con la magia del avión y de la radio.
Con el óvalo fue la despedida. Una memorable conquista en Carlos Paz fue parte de la cosecha que a fines del ´61 lo mostraba con el número 2 en el ranking argentino. Un accidente en la etapa que unía Mercedes con Mendoza le hizo perder el uno. Su Ford volcó y, antes de que se incendiara, Cabalén pudo ser rescatado.
Los años siguientes fueron de lucha, y triunfos. Volvió a Europa cada vez que pudo y sumó a Lancia y Peugeot a la lista de marcas con las que compitió. Insistió con Ford, lo hizo con un Falcon, y con el recordado Mustang con impulsor F-100.
La temporada de 1967 lo tenía como claro candidato. Subió a lo más alto del podio en Arrecifes y en La Pampa, peleaba la corona con la armada de Torino, «Pirín» Gradassi y el «maestro» Eduardo Copello. Ford Motor Argentina le ofreció un prototipo, entusiasmado lo aceptó, pero necesitaba ensayar y probarlo. Con un auto similar, Atilio Viale del Carril se golpeó en el autódromo de Buenos Aires el 17 de agosto de ese año; el coche se incendió y su copiloto, José «Pepito» Giménez perdió la vida en el Coliseo de Lugano.
Cabalén, vió azorado lo que había quedado del auto de Viale. Ocho días después, en un ensayo previo a la carrera en San Nicolás, su nuevo Ford, se salió del camino. El prototipo con Cablén y Guillermo «Pachacho» Arnaiz, su acompañante, se incendió. Ambos murieron. Sucedió el 25 de agosto de 1967. Hace exactamente 50 años. Fue cuando Cabalén dió la vida por el automovilismo.
Un solemne monumento evoca al gran deportista en San Jerónimo, donde descansan los resto del gran «Califa». El 16 de marzo de 1968, al año siguiente de la muerte de Cabalén, fue inaugurado el autódromo de Alta Gracia, que perpetúa su nombre.

 

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